Danistorias, un blog diferente al resto

Dani y sus historias

La máquina del tiempo

Una de las imágenes más poderosas de la historia del cine es en blanco y negro. Nada de vampiros que brillan, hombres apuntándose todos a la vez o coches que hablan. Es una escena de Metrópolis, una película dirigida por Fritz Lang en 1927 y que constituye la mejor obra contra el maquinismo, la explotación obrera y otras muchas cuestiones que han de verse en paralelo con el Expresionismo. Imagino que ustedes, queridos lectores, la habrán paladeado con delectación; si no es así la recomendación, como otras muchas que hemos hecho desde esta columna, es que lo hagan con celeridad. Observarán que las cosas no han cambiado.

En esa escena podemos ver retratada la entrada y la salida de la fábrica. Unos obreros con el ánimo contento esperan pacientemente y bien ordenados a que las puertas se abran. Cuando éstas dejan expedito el paso, los trabajadores van entrando poco a poco, mientras que otros compañeros salen. Pero la maravilla de esa imagen, el poder de sugestión de la misma, la verdadera magia de este trozo de cinta de no más de cinco minutos, es el contraste. En efecto, mientras que los que entran lo hacen casi con deseo, los que salen muestran en su rostro y en su ánimo el cansancio, el desánimo, la alienación. En un mismo plano se contraponen dos caras de una misma moneda, siendo palpable entonces que los efectos de la Revolución Industrial no siempre fueron magníficos, a pesar de los avances obtenidos (entre otros, mi querido y nunca bien apreciado tren, del que hablaré en esta columna, no piensen que se van a librar).

Algunos años antes un magnífico escritor, éste del sur de la Gran Bretaña, había escrito una obra que, a pesar de su magnífica prosa y lo novedoso de su propuesta, hemos olvidado casi por completo. En efecto, H. G. Wells redactó The time machine (permítanme la pedantería de citar el libro en inglés, ando enredado con la parla de Shakespeare y me gusta practicar en cualquier momento) en un momento en el que Julio Verne era el amo de la Ciencia ficción. Intentar robarle parte del auditorio a tan insigne autor era un suicidio, pero la calidad de lo escrito por Wells supuso que en lugar de enfrentamiento hubiese acuerdo tácito. Digamos que se llegó a la conclusión de que ambos escritores podían coexistir en un mercado ávido de novedades futuristas y de guiños hacia la modernidad y los viajes increíbles.

El argumento del libro es, en principio, sencillo: un científico construye una máquina que le va a permitir hacer un viaje al futuro para comprobar cómo andan las cosas por allí. Y lo que encuentra no es muy alentador. Entre los Eloi y los Morlocks  la visión que se ofrece tiene connotaciones que llaman a la responsabilidad de los seres humanos en el cuidado del entorno y de la sociedad, pero también una llamada de atención sobre la condición de los trabajadores. Lo cual, en efecto, le acerca a Fritz Lang y a su ópera prima. Volvemos a insistir en que no es raro que el hilo conductor sea lo pernicioso del Factory system; además, no fueron los únicos autores que trataron sobre el tema. Ahí están esos enormes pintores del Realismo más exacerbado para demostrarnos cómo el paso de una economía primaria a otra de mercado supuso una pérdida importante de nuestra humanidad. Y ahí está el hermosísimo y crudo lienzo de Daumier para dar fe de ello.

Tengo que reconocer que ambas obras me gustan, aunque si me pidiesen una elección me quedaría con Metrópolis. Y ahora nuestros actuales dirigentes, en una audaz revisión del tema, han querido aunar ambas creaciones y darnos un guión increíble que, por desgracia, no sabemos cómo va a terminar. No lo duden, todo ello está orquestado para que tengamos una plácida salida de la crisis. Somos un poco rijosos con el particular, ya que a nadie le gustan los recortes, pero ante la tristeza y congoja de nuestra Vicepresidenta hay que tomar conciencia de que la máquina del tiempo en la que nos han metido se ha construido por nuestro bien. Ingratos, eso es lo que somos. Solamente un descastado haría sobresaltarse a quien aplaudió con donosura la reforma laboral y la de las pensiones.

Así que nos han montado en un cachivache que es algo inestable, eso no se puede negar, y que está programado para llevarnos de vuelta hacia el pasado, más o menos hacia el blanco y negro crudo de Metrópolis. La verdad, el asunto me fascina porque cuando se produzca la finalización de tan impresionante trayecto podré contemplar de nuevo los gigantes de acero, carbón, agua y vapor que circulaban por los caminos de hierro. Y dado que tengo una beatífica confianza en las artes de nuestro egregio presidente, intuyo que el retroceso va a ser excelente. De hecho, casi pediría que nos mandaran a la Edad Media; siempre tuve curiosidad por comprobar cómo funcionaba de verdad eso del Feudalismo, que no crean que lo domino.

Y cuando por fin le den a la tecla y nos devuelvan a una época de humo, miseria, hambre y malestar, entenderemos por qué se reían tanto, sentados en sus butacones de piel. Comprenderemos horrorizados que todo lo que nos decían era pura y simple retórica, y confirmaremos que una promesa en los labios de un desalmado es algo vacío. Pero claro, ya estaremos entrando en la enorme fábrica que nos tienen preparada.

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